Como morir en 4 días
DÍA DOS
No todo podía ser malo en La Palma. O sí. Al día siguiente del final del drone como máquina voladora, tocaba resarcirse del mal sabor de boca e ir a coger olas a un sitio privilegiado, El Remo.
El Remo es una suerte de pueblo medio hippie, medio camping, con casas que parecen construidas por las manos de sus habitantes (seguramente lo sean) y un ambiente muy relajado. La verdad es que la idea de volver allí, (habíamos estado hace dos días y nos encantó) con un parte de olas que parecía bastante decente era muy apetitosa. Entramos por la única bajada al pueblo, circulando por sus caminos de tierra, y con unas ganas locas de meternos en el agua, aparcamos y nos dispusimos a ver las olas que nos esperaban. Y la sorpresa llegó: plato. El atlántico parecía un lago, una balsa de aceite. Nuestro gozo en un pozo. Menos mal que ya me había percatado que los partes de olas no se cumplían tan bien como en otros spots en La Palma, así que había sido previsor y me traje todo el equipo de apnea: Neopreno Rip Curl, aletas Cressi, cámara GoPro, gafas y tubo Nisu; y por supuesto palo de la cámara, de los largos, ande o no ande, caballo grande. Mi primo pasaba de ir al agua si no era a coger olas, así que me cambié y me metí sólo.
Profundidades de entre dos y ocho metros, valles entre montañas rocosas espectaculares que desembocaban en una especie de llanura submarina, repleta de viejas de gran tamaño, posidonia y todo tipos de algas de colores brillantes y vivos, fulas, pejeverdes y todo tipo de peces con colores llamativos nadaban a mi alrededor: aquello era un VERGEL con letras mayúsculas. El mejor fondo que había visto en todas las Islas Canarias tanto de flora como de fauna. Quitaba la respiración. Y yo, armado con mi GoPro y mi palo largo no podía dejar de grabarlo todo. Fantasía. El paraíso en la tierra, en el mar para ser exactos. Nada podía ser mejor, tanto que hasta olvidé hasta el incidente del drone. Cuando de repente, empiezo a oír como sonidos. No lograba identificar de dónde venían, si eran de algún bañista, alguién en una barca, o vete a saber... No le dí mucha importancia, pero tras varios minutos de sonidos ininterrumpidos decidí echar un vistazo más a conciencia. Vueltita por la superficie y localizo los sonidos, o más bien gritos que provenían nada más y nada menos que de dos señores uniformados de blanco.
Bueno, no voy a decir que estaba relajado, pero tenía la conciencia tranquila de no haber hecho nada, aunque el semblante de aquellos señores de blanco parecía decir lo contrario. Algo pasó por su cabeza cuando salía del agua que les hizo cambiar el rictus serio a uno un pelin más relajado. Como si se les hubiese salido el palo que llevaban metido en el culo. Más tarde me di cuenta de lo que acababa de suceder.
-Caballero, ¿sabe usted que se está bañando en una zona de especial protección de la biosfera?
-¿Cómoooo? No me lo podía creer.
-Si, no está permitida la inmersión en la zona. Puede bañarse, puede hacer surf, pero no sumergirse con ningún tipo de gafas. No daba crédito a lo que me estaban contando. ...además, la multa es de entre 6.000 y 60.000...
FUCK MY LIFE. Perder un drone de 400 pavos es un nivel, pero una multa de ese calibre era el jefe final de los niveles.
-¿Me puede dejar su DNI?, voy a tomarle los datos.
-Pues...no lo tengo, pero ni encima, ni en el coche...
-No se preocupe no es para multarle, simplemente le estamos haciendo una advertencia, la siguiente vez ya no se libraría de la multa.
...sigh...
Tras el intercambio de datos y las posteriores comprobaciones de que eran reales, incluso preguntando a mi primo como me llamaba para ver si eran verdad, se marcharon por donde habían venido.
Cuando se fueron y salí del agua, unos señores sentados o más bien pegados en un banco que parecía suyo, gente de mar, que no sabes si tienen 80 años o 40 porque las arrugas que parecen cuero te impiden adivinarlo, me dijeron:
-Qué, ¿de cuanto ha sido la multa?
-Me he librado, creo que sólo venían a marcar el territorio.
-Chaval, has tenido mucha suerte, el último que pillaron en el agua, con un par de peces y un fusil, se fue con cuatro ceros de multa. ¿Por cierto, qué tamaño tenían las viejas? Se notaba que eran pescadores hasta la médula, la cabra tira al monte.
En ese momento se me iluminó la bombilla: habían relajado el rictus cuando salía del agua porque vieron que mi palo largo de la GoPro no era un fusil, aunque de lejos, pudiera llegar a parecerlo. Realmente me salvé por la mínima, y por no haber cogido ni una triste concha, sino la multa no me la quita nadie.
Conclusión, bañarme sin mirar los carteles gigantes que había antes de entrar en la playa, me sirvió para llevarme el susto más importante de mi vida a nivel de FFCCSE, y para traer unas imágenes en mis retinas que solo está permitido ver a agentes y a biólogos para la conservación de la biosfera previo autorización de la autoridad compentente. Parecía que al final mi suerte en La Palma cambiaba.
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